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Desde hace algunos años el debate académico sobre los procesos políticos en América Latina viene remarcando el inminente “fin de ciclo” de la hegemonía de las izquierdas en la región. Dicha tesis estuvo vinculada, en un inicio, con los reveses electorales de algunas de las fuerzas progresistas que gobernaron sus respectivos países (Argentina, Chile) desde inicios del nuevo siglo. Posteriormente otros dos elementos completaron el cuadro: por un lado, la incapacidad del campo popular para contener los avances intelectuales y políticos que las derechas alcanzaban por vías institucionales (Ecuador, Bolivia) o francamente anti-democráticas (Brasil, Honduras) y, por otro, el agotamiento de las agendas reformistas, más o menos radicales, que desde los gobiernos y los movimientos sociales se esbozaron en las últimas dos décadas. Así, derrotas electorales, deterioros en la capacidad de movilización y retrocesos en la influencia político-ideológica de las fuerzas populares, progresistas o de izquierdas aparecen como elementos centrales de la apertura de un nuevo momento político a nivel regional.

Los trazos de dicho momento, sin embargo, no son del todo claros. Muchos sugieren que solo cabe hablar de un “fin-de-ciclo” cuando otro orden político se ha establecido con nitidez en el horizonte histórico de una época. Aquello aún no ha tenido lugar: diversos países son todavía gobernados por coaliciones populares (Bolivia, Uruguay), las derechas aún recelan de exhibir y ejecutar de modo acelerado sus proyectos de cambio (Argentina, Ecuador) y, sobre todo, las izquierdas –aquellas que gobiernan, gobernaron o se resistieron a esos gobiernos- aún no terminan de reconocer a cabalidad la hondura, las circunstancias y las razones de una crisis que ya las ha colocado por fuera del comando de la transición política en curso.

La transición que vive la región, en efecto, no parece más orientada por la brújula socialista, populista, popular, progresista, plurinacionalista, latinoamericanista y/o izquierdista que impregnó la política latinoamericana durante casi dos décadas. Viejas élites vuelven a los centros del poder mientras nuevos grupos económicos los apuntalan. La retórica anti-estatista y anti-redistributiva retorna a la esfera pública de la mano de un conjunto de recetas, más o menos desempolvadas o novedosas, que apuestan a la liberalización del comercio, a la desregulación de los mercados, a la recomposición de las relaciones subordinadas con el norte del planeta, a la seguritización del orden social y a la contención de la movilización social en los pasillos de la gobernabilidad liberal.

¿La velocidad de la transición explica el silencio de una izquierda que apenas atina a proclamar que el “neoliberalismo ha vuelto”? O, quizás, ¿dichas reacciones automáticas se corresponden con la falta de voluntad de la propia izquierda para leer su crisis? Sugerimos que en esta segunda cuestión se encuentran las pistas más certeras para entender el presente: las izquierdas se han rehusado, hasta el momento, a cifrar el momento político como una crisis resultante de sus particulares trayectorias y decisiones previas. En términos aún más simples: no acaban de reconocer la existencia de una crisis y, si acaso lo hacen, tienden a responsabilizarla a terceros (los gobiernos derrotados a la conspiración de alguien más; las coaliciones aún gobernantes al mesianismo de sus antecesores; los movimientos sociales a los populismos; los populismos a los radicalismos de toda índole; etc.). Es fundamental salir de ese silencio. Sin el reconocimiento y la comprensión cabal de la crisis política de las izquierdas en el Ecuador y en la región es imposible imaginar alguna influencia virtuosa del campo popular en la transición en curso.

El Seminario “Crisis de alternativas, trance de las izquierdas” procura debatir de modo amplio y plural dicha cuestión. No cabe seguir sin nombrar la crisis. ¿Cómo se expresa dicha inflexión? ¿Crisis de proyecto o crisis de acción? ¿Cómo afectó el ejercicio del poder a las izquierdas? ¿Qué tipo de relaciones entre gobiernos, partidos y movimientos se establecieron en los últimos años? ¿Cuánto y cómo incide el problema de la corrupción en la pérdida de legitimidad del campo progresista? ¿En qué medida el escenario se explica por la incapacidad de dar una forma político-cultural a la redistribución de la riqueza (mejoras materiales sin conciencia política)? ¿Cuán tributario del auge de los commodities y del dinamismo chino fue el ciclo progresista? Tales son algunas de las preguntas que se discutirán en el Seminario a realizarse en la PUCE (Quito), el sábado 12 de mayo de 2018, bajo esta estructura:

Panel: Trazos de la crisis (09h30 – 11h30)

  1. Luciana Cadahia
  2. Virgilio Hernández
  3. Fernando Bustamante
  4. Franklin Ramírez

Mesa 1. El ejercicio del poder: izquierda, partidos y movimientos (12h00-14h00)

  1. Valeria Coronel
  2. Floresmilo Simbaña
  3. Yura Serrano

Mesa 2. Corrupción y crisis de legitimidad (12h00-14h00)

  1. Christian Pino
  2. Antonio Salamanca
  3. Juan Álvarez

Mesa 3. Crecimiento, redistribución e ¿inercia cultural? (12h00-14h00)

  1. David Chávez
  2. Amanda Páez
  3. Tania Hermida

Mesa 4. Los límites de la heterodoxia económica y la integración sudamericana (12h00 – 14h00)

  1. Gustavo Ayala
  2. Andrés Arauz
  3. Pabel Muñoz

Plenaria de cierre (15h00 – 16h30)

Proponemos las siguientes reflexiones:

Mesa 1. El ejercicio del poder: izquierda, partidos y movimientos 

El “ciclo progresista” constituyó para las izquierdas en América Latina una experiencia distinguible de configuración de bloques de poder hegemónico y una posición privilegiada en la dirección política del aparato estatal. En ese marco convivieron tendencias hacia la democratización junto con dinámicas de gestión vertical de las decisiones públicas. Distribución y concentración de poder. En lo que concierne la gestión gubernativa se cuentan amplios logros, junto con estancamientos y retrocesos. La agenda pública de tales gobiernos realizó, en un primer momento, una amplia gama de demandas olvidadas en décadas previas y luego fue eludiendo la absorción de nuevas reivindicaciones. Las formas de relacionamiento socio-estatal, más o menos abiertas o cerradas, incidieron en dicho giro. ¿Cómo evaluó la sociedad el desempeño del ciclo de gobiernos populares? ¿Cómo incide dicha lectura en el punto de inflexión política –viraje por “derechas”- al que asiste la región?

Colocar a debate público dichas preguntas parece imperativo para entender los efectos del ejercicio de poder en la vigente contracción de las fuerzas de izquierdas. Se trata de entender las razones por las que la administración del poder estatal terminó por desgastar a las coaliciones populares gobernantes. ¿Se trata de un problema de rendimiento de la gestión pública y/o de los modos de gobierno que se pusieron en marcha? ¿Cuál fue el desarrollo democrático –límites y contradicciones- que propuso y pudo operar la izquierda en el poder? ¿Cómo se colocó la izquierda gobernante frente a las formas de organización de la sociedad? ¿Qué efectos tuvo sobre el dinamismo del ‘partido popular’ el que la izquierda, o una parte de ella, se encuentre en la ejecución del poder público? ¿En qué coaliciones populares se sustentó el ejercicio del poder estatal? ¿Que forma asumió la representación, la participación, y el liderazgo? ¿Alcanza con mirar estos procesos con la vara de la democracia liberal tan reivindicada en el último tiempo?

Mesa 2. Corrupción y crisis de legitimidad 

La corrupción permea espacios públicos, privados, nacionales y transnacionales. Nombrarla nunca es un acto neutro y la percepción de su intensidad está ligada a elementos que no necesariamente tienen que ver con su alcance. El fenómeno cobra más relevancia cuando se convierte en arena de disputa política. Hoy en día todo el espectro de las izquierdas que gobernaron y gobiernan en la región son el centro de acusaciones acerca de su falta de probidad en el manejo de la cosa pública. Las banderas de la lucha contra la corrupción, que las fuerzas progresistas levantaron como parte de su disputa por des-privatizar el Estado, democratizar el poder político y reducir la desigualdad social, se vuelven en su contra en medio de una intensa judicialización de la política capaz de devorarse todo. Su legitimidad democrática queda severamente lastimada. ¿Cómo se llega a semejante escenario?

En el discurso de quienes resintieron siempre de la política para muchos, los gobiernos progresistas aparecen ahora como aquellos que no solo no pudieron dar forma a esa renovada ética política, sino también como un actor político a ser superado. Del lado de la izquierda no ha habido una respuesta adecuada desde el momento mismo del ejercicio del poder y menos ahora que enfrenta auditorías poco claras. La opacidad de éstas últimas ha operado como su escudo para no procesar su responsabilidad política en el asunto mientras gobernaron. En este escenario se colocan varias interrogantes: ¿qué factores estructurales (capitalismo financierizado) e institucionales (súper-presidencialismo, regulaciones al financiamiento electoral) explican la recurrencia de los actos de corrupción pública? ¿Qué mecanismos de control se desarrollaron desde los partidos gobernantes a “sus” funcionarios-militantes”? ¿Cómo construir mecanismos de auditoría-contraloría en escenarios de desafección ciudadana de la política que hacen posible la puesta en escena de la corrupción? ¿Es viable pensar en el perfeccionamiento de mecanismos de control de la corrupción en escenarios en los que el escándalo es el modo de abordarla? ¿Si la derecha tiene detrás suyo el capital nacional y transnacional para financiar sus actividades, cómo capitalizan las izquierdas y los sectores populares en una sociedad mercantilizada y mediatizada? ¿Cómo se recompone la legitimidad democrática de las fuerzas populares “tras el diluvio”?

Mesa 3. Crecimiento, redistribución e ¿inercia cultural? 

La disputa del sentido común atraviesa y determina el ritmo de todo proceso político. Aquello es aún más relevante cuando está en juego la transformación social. La configuración de un orden político radicalmente distinto al que se fraguó en el pasado –la revolución- no requiere apenas de la conducción del poder estatal por cuadros comprometidos con el cambio, sino la renovación de la conciencia política de ciudadanos y colectivos en sintonía con los nuevos principios del orden social. La magnitud del cambio no se verifica solo en la modificación de los indicadores sociales sino, antes que nada, en el modo en que la sociedad se apropia de los sentidos históricos y culturales de la transformación. ¿El ciclo post-neoliberal latinoamericano logró articular la mejoría de las condiciones de vida de amplios sectores de la población con la transformación de los imaginarios y subjetividades?

Tal pregunta sintoniza con una hipótesis largamente discutida en tiempos de declive de las izquierdas: si le hegemonía popular se estancó, aquello obedece a la debilidad de la transformación cultural. Los persistentes relatos de las izquierdas gobernantes en favor de lo público, de la igualdad, de la soberanía, de la integración de los pueblos, de la solidaridad o de la garantía universal de derechos –entre otros- no habrían conseguido alterar los órdenes culturales dominantes más cercanos a los valores del individualismo posesivo, el consumo, la competencia, lo privado, etc. ¿Tiene asidero dicha hipótesis? ¿Los cambios sociales y las narrativas oficiales no tuvieron ningún correlato en la conciencia política de las sociedades? ¿No hicieron lo suficiente las fuerzas populares para anclar los cambios materiales en las representaciones sociales? ¿Es posible impulsar, desde el espacio político, procesos de articulación cultural contra-hegemónica que transgredan la dinámica mercantil que permea todos los ámbitos de la vida? ¿Cómo se debe concebir la lucha política por el sentido común en tiempos de sociedades fragmentadas, líquidas y post-políticas? ¿Caló en la ciudadanía la consciencia de los derechos conquistados o asistimos a un retroceso sin resistencia popular?

Mesa 4. Los límites de la heterodoxia económica y la integración sudamericana 

Al paso de un ciclo que tuvo como uno de sus ejes una nueva forma de gestionar las economías –propulsando el desarrollo nacional con planificación pública, regulación de los mercados y redistribución de la riqueza– es necesario discernir cuáles fueron los logros y los límites del “post-neoliberalismo sudamericano”. Se ha hablado de la inercia extractivista de las economías como el principal talón de Aquiles de modelos que aún si mejoraron las condiciones de vida de las grandes mayorías, reactualizaron las líneas de dependencia estructural de la región para con viejas y nuevas potencias. En el siglo XXI, dichas líneas de subordinación se reacomodaron con la fuerza gravitacional de China como principal demandante de materia prima en la región. Así, la heterodoxia económica no cristalizó en reales procesos de transformación productiva ni logró estabilizar un nuevo polo de integración sub-regional –¿qué pasó con la “Nueva Arquitectura Económica y Financiera” sudamericana?- en capacidad de ganar en autonomía frente al poder global. ¿Cómo incidieron estos factores en la vigente pérdida de influencia de las izquierdas en el Ecuador y la región?

La cuestión es clara para muchos: la izquierda fue políticamente exitosa cuando los precios de los commodities eran muy elevados en el mercado internacional y, por el contrario, comenzó su declive con el descenso de su valor. ¿Cabe tal lectura? ¿No se pusieron en marcha, acaso, reformas estructurales para hacer que las economías nacionales desarrollen sectores productivos no dependientes de la volatilidad de los mercados de materia prima? ¿Es el impulso a la economía del conocimiento la vía para diversificar la producción y salir de la inercia extractivista del país y la región? ¿En qué medida los abundantes recursos de las exportaciones tradicionales se internalizaron en la economía, las instituciones y la sociedad como forma de “sembrar” el desarrollo nacional (ampliar derechos, diversificar producción, incrementar las capacidades sociales)? ¿La crisis de los precios de las commodities no encontró a nuestras sociedades en mejor disposición colectiva para enfrentar tiempos de escasez? ¿Sin una sólida integración regional, cabe aún hoy esperar respuestas nacionales exitosas frente a las crisis globales de la economía? ¿Una alternativa al “desarrollismo post-neoliberal” sudamericano pudo haber brindado mayores éxitos políticos al progresismo y mayor bienestar social a las grandes mayorías? ¿Cuál?

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