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Foro de los Comunes

Alfredo Pinoargote, en un editorial de Ecuavisa, calificó a la Consulta Popular como la oportunidad de Moreno de ejercer, al fin, un “mandato limpio”.

La elección presidencial y de legisladores de 2017 pareciera no existir para quienes hoy le exigen al Gobierno un giro de 180 grados al rumbo de la política económica, social e internacional del país. Se olvidan que hace menos de un año, la mayoría de la población ecuatoriana aprobó en las urnas un proyecto de gobierno comprometido con el cambio estructural del país, contrario al neoliberalismo de los entonces opositores y que ahora se proclaman aliados del gobierno.

Como era de esperarse, los resultados de la Consulta Popular, nacida del “Gran Diálogo Nacional” sin conducción política, colocan a Moreno en una situación de extrema debilidad. Su gobierno no se ve legitimado, al contrario, resulta evidente cuán condicionado está. Desfilan por los medios –públicos y privados– quienes exigen la inminente salida de los ministros que Moreno “heredó” del antiguo gobierno. Al parecer, para ser probo se requiere no haber tenido ningún tipo de relación con el partido político que ganó las elecciones. Los fantasmas políticos, protagonistas de las peores crisis económicas de antaño, aparecen ahora convertidos en sesudos analistas, lúcidos voceros y figuras probas para ocupar altos cargos públicos junto a observadores ecuánimes que no pueden ocultar su placer por lo que consideran el “destierro del sucio populismo” de los debates entre “caballeros”.

Resulta igual de interesante que, quienes convocaron a la Consulta Popular con el afán de afianzar el nuevo bloque en el poder (fruto de pactos por debajo de la mesa), no hagan el más mínimo esfuerzo por comprender el voto popular. “Manabí siempre ha sido una provincia donde predomina el caciquismo” decía un “notable” en las primeras horas posteriores al anuncio de resultados.

Todos aquellos análisis post-consulta que retoman la simpleza del “SÍ, 7 veces SÍ” o que comparan los resultados con elecciones presidenciales, niegan la complejidad de un plebiscito temático y del voto diferenciado en las distintas preguntas. La heterogeneidad del SÍ es indiscutible y parece no salvarse del reparto político. El NO en las preguntas 2, 3 y 6, por su parte, constituye un hecho que merece también análisis detenido.

Con una campaña hecha en medio del más rotundo cerco mediático, las cifras que obtuvo el NO son, sin duda, una victoria política para lo que hoy representa la Revolución Ciudadana: el rechazo a la ventriloquia de Moreno respecto a la partidocracia y su venia ante las exigencias de las élites de derecha.

El capital político del NO requiere ahora nuevas formas de articulación política, que mantengan viva la memoria social y las conquistas populares del proceso, abriendo la cancha para la confluencia de organizaciones sociales para fortalecer los horizontes programáticos.

El NO es un terreno fértil para la resistencia ciudadana, mientras que el SÍ se debate entre la ofensiva de las élites criollas y el arrinconamiento de quienes, con los matices del caso, todavía quisieran decirse compañeros. Los apoyos coyunturales comienzan a pasar factura.

El triunfo del SÍ en la Consulta Popular nos deja, entonces, un gobierno cada día más débil, sin base popular de apoyo, cuestionado internacionalmente, acosado por los grupos de poder y con poca capacidad de maniobra. El oxígeno que los voceros gubernamentales dicen que les dio la Consulta Popular es a la vez un gas mortal, que los asfixia día a día.

Aquellos ficticios problemas de gobernabilidad de antaño hoy se vuelven realidad cuando los representantes de la antigua política exigen un mandato “limpio” y contrario a la voluntad popular que eligió un gobierno progresista en 2017.

¿Error de estrategia o agenda entreguista?