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Marea verde de pañuelos verdes, símbolo que va desde las madres de la plaza a los movimientos piqueteros, y en el cuello porque sirven para resistir los gases. Muros verdes, historias verdes, tuiters verdes, realidad –virtual o no- verde. Lágrimas, abrazos, insultos, mensajes imparables, “vigilias” que son más bien “guardias” para presionar los debates del recinto. La cámara de diputados de Argentina aprobó la media sanción de la Ley de Despenalización del Aborto. Un debate de más de 20 horas, una movilización de miles de mujeres afuera del Congreso de la Nación.

Las mujeres estábamos esperando una decisión que ligue, como no está sucediendo en los últimos tiempos, los designios de nuestros representantes a las fuerzas sociales. Una decisión no hipócrita, porque nosotras decidimos dejar de ser hipócritas hace mucho tiempo. Dejar de tener miedo, dejar de tener vergüenza, dejar de cargar con las culpas y decir (porque estamos vivas y podemos) “yo aborté”.

Y yo, aborté. Como también acompañé a varias amigas a hacerlo, antes de eso y después. ¿Y qué aprendí en el medio? Que hay sólo una pregunta que acompaña junto con el cuerpo y el silencio y es ¿vos qué querés hacer? Como diría Charly García, say no more. Luego, acudir a las “socorristas”, una organización que existe por un “teléfono celular” en mi ciudad y en todo el país desde hace muchos años atrás. El resto es escuchar un montón de dolor y angustia plagada de contradicciones propias de la ética, de la moral, del orden cultural en el que estamos insertas y del miedo de someterse a un acto no público- prohibido y por tanto no regulado, en donde cualquier cosa puede pasar, hasta tu muerte.

Estas contradicciones se reflejaron muy bien en el debate de los y las diputadas, que, hay que decir, fue de lo más rico que tuvo la política institucional de nuestro país en los últimos tiempos. Un debate en serio. Logrando transversalizar los posicionamientos político-partidarios –diputadas del enemigo PRO fueron aplaudidas-, incluso los ideológicos, dando cuenta de los serios problemas del sistema de salud público en el país, del persistente rol de la Iglesia en una sociedad que se precia de laica y liberal, de la provincialización de las leyes, los números de muertes por causas evitables, la dimensión de la pobreza y en definitiva, las desigualdades estructurales que existen en nuestras clases sociales que quedaron expresas en la mil veces repetida frase de “las ricas abortan en carísimos institutos privados, las pobres mueren en hospitales y frente a policías, porque si viven, irán a la cárcel”. En el medio, alguien tiene un negocio.

Así, durante más de dos meses en que sesionó la cámara, pasaron por el recinto más de 700 presentaciones a favor y en contra, desde enfermeras hasta ministros de salud, desde militantes de las villas hasta intelectuales feministas, artistas, organizaciones de derechos humanos, asesores legales que relataron miles de experiencias. Durante todo este tiempo decenas de mujeres, músicas, maestras, investigadoras, artistas, trabajadoras públicas, sindicales hicieron las campañas de apoyo, periodistas, programas de televisión, dejando en claro que lo único que se está pidiendo es el reconocimiento de una demanda ciudadana impulsada que dice exactamente “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

Mientras que las justificaciones y argumentaciones a favor del aborto clandestino, – porque no se trató nunca de aborto sí o no, sino de legal o clandestino- quedaron entrampadas en la dicotomía, en el debate liberal y constitucional, sobre cuando inicia la vida, cuál es la primera libertad, qué tipo de conjunto de células posee el embrión, qué lo diferencia de un embrión de probeta (que en Argentina se puede descartar), cuál vida importa más y en las justificaciones de los Derechos Humanos sólo aplicadas a la vida de un embrión. Avaladas por la ciencia y/o por el derecho liberal constitucional estas justificaciones son falacias basadas en la escisión aborto/embarazo, defender una/dos vidas, y por tanto primero olvidan que en un embarazo hay tres vidas, y la única libre de sus acciones es la del hombre, y segundo, reducen todo a que la mujer quiere libertad y para eso se la quita a un embrión. Pero resulta que un aborto no es un acto libre, como no hay nada libre en un embarazo no deseado, no hay nada libre en una maternidad no deseada. Son situaciones violentas.

La maternidad deseada quedó relativamente silenciada en el debate parlamentario pero es la que realmente ganó en las calles. Y ganó porque hace parte de la lucha por la igualdad o equidad de género, de la memoria larga, media y corta del “ni una menos”, de la fuerza creativa de los repertorios de acción y consignas movilizantes que está teniendo esta “Revolución de las hijas”, esta “marea verde”, esta “revolución anti patriarcal”, esta lucha contra los “machirulos”.

Esta es, sin lugar a dudas, la mayor enseñanza de los últimos años en Argentina. Lo vemos cuando nuestros hijxs o sobrinxs preguntan cosas para las que no tenemos respuestas. Lo vemos cuando nuestros amigos nos preguntan si tal o cual cosa que hizo fue “acoso”, o si pueden ir a tal marcha. Lo vemos cuando llevamos a la práctica cotidiana actos en búsqueda de igualdad, a riesgo de ser insoportables para nuestros compañeros que intentan –con muchos limites- de-construirse; cuando los y las adolescentes con pañuelos verdes nos enseñan política; cuando las lógicas del cuidado en las familias empiezan a ser desafiadas y no recaen naturalmente sobre la mujer; cuando las mujeres inician denuncias a profesores o funcionarios, porque ahora existen los protocolos de violencia de género que poco a poco se van multiplicando en las instituciones; cuando los tipos se miden dos veces antes de decir barbaridades; cuando aparecen redes de taxis feministas, pandillas urbanas como formas del cuidado sororo; cuando la figura del femicidio incorporada en el código penal, por la lucha contra la violencia de género, le gana la pulseada a la de “crimen pasional”; cuando las estructuras sindicales o partidos políticos de las izquierdas se ven atravesados por la disputa y los líderes hombres son cuestionados en sus prácticas; cuando las “x”, las “e” alteran las palabras y denominaciones de todes. Es decir, cuando la auto-reflexividad atraviesa todos los espacios intimo-públicos por igual, y hay más interrogantes que incertidumbres.

Es que es el pasaje de un movimiento social a una sociedad en movimiento, y se expresan en él tanto las fuerzas de deconstrucción como las de reacción encarnada en la denominación de femi-nazis para signar el carácter violento, y negar otra violencia- o bien se refuerzan las formas de sometimiento femenino, que ya no se expresan en negar la posibilidad de ocupar lugares (esa fue la lucha de nuestras madres quizás) sino en la exigencia de ocupar TODOS los lugares: es la reacción por el lado de la explotación del cuerpo femenino funcional al capital. Por todo esto, esta lucha tiene todo, lo involucra todo, y por eso es tan difícil explicarla. No se puede. Es experiencia, es la madre de las corpopolíticas: es presente y futuro en sí misma. Es libertad e igualdad en un mismo plano. Es politización de los cuerpos, de la sociedad y de las enquilosadas estructuras, instituciones y aparatos del orden. Es subversión del patriarcado. Falta mucho, y es ciertamente incierto el camino que depare, pero sí sabemos que dependerá de la imparable fuerza que tiene el feminismo.

Ahora bien, toca el turno del Senado que debe dar su sanción y sino, habrá que llamar a Consulta Popular. Difícil tarea en una Argentina tan atravesada por el rasgo representativo de la democracia, con fuertes estructuras de mediación que no siempre “median” y con escasa utilización de los mecanismos de la democracia directa en el plano nacional. Es claro que esta conquista llega en un momento de profunda derrota para el pueblo movilizado en nuestro país. Una falacia más es dicotomizar su análisis.

Ajuste, tarifazos, endeudamiento, salarios congelados y negociaciones salariales de paritarias vergonzosas, inflación, reforma previsional, y latente reforma laboral, todo atenta desde la llegada de “Cambiemos” al poder contra la economía de las mayorías y enriquece a quienes especulan con la impresionante escalada del dólar y, por tanto, la depreciación salarial. El país se encuentra hace meses en un estado de movilización permanente, de trabajadores, de docentes, ciudadanos contra el desempleo masivo, contra las tarifas de servicios, contra el FMI. Miles de personas han enfrentado la feroz y desproporcionada represión en los días de la aprobada reforma previsional. En este sentido me gustaría marcar tres legados que nos deja este pequeño triunfo en medio de tanta derrota.

Lo primero es que llega producto de un acumulado histórico de las fuerzas feministas en la Argentina. No sería posible sin la trayectoria de un movimiento cuyos pilares más importantes han sido los más de 32 años del Encuentro Nacional de Mujeres, que se realiza cada año en una ciudad diferente; sin las organizaciones locales feministas que este ha ido impulsando en su paso; sin la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, seguro, legal y gratuito; sin el más reciente Ni Una Menos como fuerza articuladora de mujeres de las diferentes izquierdas. En este sentido, lo segundo que me gustaría marcar es que este impulso ha ido forzando a las organizaciones de izquierda a alterar no sólo sus agendas programáticas sino también sus estructuras organizativas, pasando por las redes de afectividad, sociabilidad y finalmente ha sido un impulso performativo y renovador de las propias prácticas políticas. Por último, si bien la despenalización del aborto es una lucha central, la verdadera radicalidad del feminismo consiste siempre en ir por más y quizás el mayor aporte que este pueda hacer desde Argentina para nuestra Latinoamérica consiste en este legado. No hay un feminismo, hay muchos y estos son universales y particulares, pero fundamentalmente situados. Por tanto, los puntos de partida y las formas en las que se exprese deberán enraizarse en las formas de opresión de las mujeres, propias de cada contexto social. No hay recetas, hay pura potencia e invención en su andar.

 

A las mujeres ecuatorianas, con Amor.

Melisa Argento