Grégoire Chiasson

El nombramiento de Richard Martínez como ministro de Economía y Finanzas no es poca cosa. Los reportes que presentan su recorrido académico y profesional como economista, empleado y dirigente de las cámaras dan cuenta del papel que tuvo para el sector empresarial. Richard Martínez fue un actor clave en la lenta unificación de buena parte de la clase capitalista frente al gobierno de Correa. Su entrada al gobierno hace de Moreno el capataz que abre la puerta del corral al lobo. Para entender esto, hay que volver atrás.

Hay un consenso muy amplio en la literatura ecuatoriana sobre la división histórica que existe entre las élites de la costa y de la sierra. Esta división tiene raíces en la producción. Las élites económicas de la costa se conectaron más al mercado internacional con agro-exportaciones, mientras las de la sierra se dedicaban al mercado interno.

Esta diferenciación económica pasó a ser cultural e identitaria. Hizo que las cámaras de la producción, organizaciones cuyo papel es unificar a la clase capitalista, conservaran sus espacios regionales como principal punto de anclaje social en la segunda mitad del siglo 20. Las cámaras de tercer grado, unificando transversalmente a todo un sector económico, nunca tuvieron la importancia de los gremios locales.

En los años 1960, el gobierno ecuatoriano adoptó una ley de tinte corporativista forzando la afiliación de los negocios y empresas a sus cámaras sectoriales y regionales respectivas. Esto contribuyó a fortalecer el clivaje regional. Las cámaras, forzadas a aceptar los negocios de su sector, tenían que desarrollar políticas que representaban esta base regional y sectorial, y no tenían la misma libertad para defender un discurso político unificador y de proyección nacional. La junta militar de Rodríguez Lara en los años 1970 trató de utilizar esta situación, creando nuevas cámaras sectoriales para dividir las que se oponían a su proyecto desarrollista. Tuvo que retirar su proyecto frente a la oposición que encontró en ellas.

La elección de Rafael Correa en 2006 cambió la situación. Al asumir el poder, Correa pidió al poder judicial remover la afiliación obligatoria a las cámaras que se había mantenido desde los años 1960. La Corte aceptó su pedido y anunció su decisión mientras avanzaban las deliberaciones de la Asamblea Nacional Constituyente en Montecristi. Tal decisión conmovió al sector empresarial. Ciertos sectores se resintieron por el efecto económico de tal cambio: al tener menos cotizaciones, se reducía su presupuesto para contratar estudios y pagar anuncios y publicidades dirigidas a promocionar sus intereses. Otros sectores se quejaron del carácter agresivo del gesto de Correa, que no consultó a los gremios, pero celebraron el hecho de poder deshacerse de socios que debilitaban el consenso y diluían las posiciones que se podían adoptar.

Otros, los más astutos, vieron el fin de la afiliación obligatoria como una oportunidad de competir con las otras cámaras para crecer y hacer de su cámara local el vocero nacional de una clase capitalista unificada detrás de un mensaje común. Richard Martínez es uno de ellos.

La CIP, cámara donde trabajaba Martínez, cambió su nombre en el 2009. De Cámara de Industriales del Pichincha pasó a ser la Cámara de Industrias y Producción, revelando su afán de ampliar su membresía a todo el país y de abrirse a una diversidad sectorial. Unos años más tarde, Martínez integró la directiva del Comité Empresarial Ecuatoriano (CEE). El mandato del CEE se amplió también, y fue capaz de fortalecer el apoyo empresarial al libre comercio. Con Martínez a su cabeza, el CEE pasó de unos 38 socios en el 2012 a tener más de 50 en el 2016. Se volvió así la principal voz empresarial en la promoción de sus intereses en el curso de la negociación estatal de un Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea. El libre comercio se fortaleció como punto consensual del empresariado.

En el marco del avance del gobierno de Correa y de su programa post-neoliberal, hubo discusiones entre cúpulas empresariales para saber si era posible hacer un golpe de Estado. En el contexto ecuatoriano, unificar una vocería del empresariado no era tan fácil como en Venezuela donde una federación unitaria, Fedecámaras, agrupa a casi todos los sectores empresariales desde los años 1940. Además, el intento de golpe contra Chávez en el 2002 dejó una lección clara: el fracaso de la vía golpista puede tener consecuencias aún peores que la paciencia.

Richard Martínez es de los que propusieron una solución alternativa: unificar la burguesía detrás de un discurso que tenga ‘contundencia técnica’. Es decir: ya que la clase capitalista había perdido sus habituales lugares de poder y contactos privilegiados con el gobierno, tendría que rodear el aparato estatal y ocupar el espacio público por medio de un discurso bien informado técnicamente y bien articulado políticamente como para sostener de modo permanente la defensa de sus intereses. Este discurso podía servir tanto para unificar la clase capitalista como para presionar al gobierno.

Cuando Lenín Moreno asumió la Presidencia, decidió apaciguar las relaciones con el sector empresarial. Como parte de su apuesta por el diálogo con diversos actores, su gobierno convocó un Consejo Productivo y Tributario para consultar al sector empresarial sobre sus necesidades. Martínez fue el gran organizador de la representación empresarial en dicho Consejo. Él trabajó exitosamente en su unificación desde hace diez años.

Nombrar a Richard Martínez como ministro de Economía y Finanzas es abrir la puerta del corral al lobo. Junto con Pablo Dávila -quien fuera Presidente ejecutivo de la CIP y compañero de ruta de Martínez y que ahora ejerce, no casualmente, como consejero del omnipotente Consejo de Participación Ciudadana transitorio- es uno de los representantes de la clase capitalista con mayor credibilidad, y capacidad de unificación como pocos lo han logrado durante las últimas décadas. Si se concibe la autonomía del Estado como el resultado de una disputa entre clases, el nombramiento de Martínez es una clara señal de que la clase capitalista ganó una partida muy importante.

Otros ejemplos de este tipo existen en la historia del Ecuador. León Febres Cordero fue un dirigente gremial que logró unificar al empresariado contra la dictadura en los 1970 y, desde ahí, construyó su camino hacia la presidencia. Sin embargo, mientras Febres Cordero trazó dicho camino, en gran medida, en torno a su personalidad, Richard Martínez lo hizo fortaleciendo organizaciones de clase con capacidad de enfrentar a la tecnocracia del Estado neo-desarrollista para avanzar en la defensa de sus particulares intereses, tratando de convertir a los burócratas en…ovejas.